- Editorial -

Las canciones

Vuelves al coche tras los últimos besos, tras los últimos abrazos, mientras bajas de la nube de decibelios y sudor que te ha brindado la noche. Conduciendo entre la niebla con el resto de la banda y algún colega que se ha venido a sufrir, se te olvida que hace frío y tienes hambre, los horarios de la tarde te han impedido comer nada, pero los grados empiezan a subir, el olor del tabaco y la música inundan la conversación y en un par de horas estarás en casa, así que empiezas a estar a gusto en esa atmósfera de toxicidad mientras ves pasar ante tus narices las rayas de la carretera, una tras otra.


Tenía su encanto aquel tugurio, la condensación se palpaba en las paredes y el techo, y la gente –escasa o numerosa- estaba caliente. Esta vez no hemos discutido con nadie, han tenido suerte. El pequeño escenario ha quedado chorreando con alguna cerveza volcada, algún vaso roto e incluso algo de sangre, fruto de algún corte por el vidrio o por esa manía de apretar las cuerdas como si te fuese la vida en ello. Todo ha quedado hecho un asco, esa imagen puede dar fe del salvajismo ejercido encima de esas tablas. Son nuestras maneras en eléctrico, nada que ver con nuestra elegancia en el acústico. Decía Keith Richards que la mejor banda del mundo seguramente esté tocando ahora mismo en algún garito de mala muerte… Yo sé dónde anda esa banda esta noche, pero no tengo ni idea de donde estarán mañana.


Durante la conversación, alguien dice algo que no recuerdo ahora, pero que me hizo pensar en cuantas bandas estarían en ese momento, o el día siguiente, o el anterior, viviendo una experiencia como la nuestra. Cuantas bandas se dejan la vida en los locales de ensayo, pateando carreteras, recorriendo la geografía de sala en sala, de bar en bar, haciendo cábalas para salir de sus pueblos o ciudades, desde el momento que los avisan para tocar o deciden grabar, simplemente para llenar de caldo la furgoneta, encontrar un sitio donde dormir, comer decentemente y, al menos, no palmar la pasta.


Hace ya algún tiempo, se desmonto de mi cabeza aquel sueño hippie que decía que el Rock And Roll era un lugar diferente al resto del mundo. Un lugar con ideales, con luchadores y luchadoras que se apoyarían y te recibirían con los brazos abiertos, donde la música reinaba por encima de todo, incluido el dinero. Donde si alguien decidía echar una mano a alguien sería por el rollo que desprendían sus melodías, por la transmisión que podría hacer llegar al oyente, y por las sensaciones casi religiosas que alguien podría experimentar en los conciertos y eso, y nada más que eso sería lo que le haría grande. El filtro era natural. Verte envuelto de gente, en algún festival concreto, que lleva en su vida una línea parecida a la tuya, paz y amor… Que idiotez, para eso no necesitas irte a ningún festival.


Menos mal que desde muy pequeño las pilas de mi walkman las gastaban unos tipos con aspecto enfermizo que me repetían una y otra vez aquello de que las multitudes son un estorbo, me lo grabaron a fuego y el choque con la realidad no fue tan drástico como pensaba al darme cuenta de semejante inmoralidad. Eso, y que por suerte, siempre hay honrosas excepciones.


Al rato de estar en el coche alguien me despertó, estábamos en la puerta del local y había que bajar los trastos. Me levante y empecé a recoger las cosas mientras me decía a mí mismo que aquí solo estaba por una cosa. Una nada más. La más importante, la más grande y la mejor causa de todas. Luego, con el tiempo vienen más pero la que te hace levantarte, pisar el acelerador, hacer kilómetros y olvidarte de todo es tan evidente que, a veces, pasa a un segundo plano y se olvida y entonces es cuando todo se contamina. Esa causa, por la que escribo esto, es lo primero que tienes que tener para formar una banda y dejarte la piel y nunca ningún músico debería de olvidarlo, sin ellas no hay nada. Solo hay un motivo por el que luchar y que es el principio de todo este rollo: Las canciones.

Escrito por: Antonio Yeska
www.yeska.es 

Fotografía: Nuria López

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